Venezuela: Silicon Valley

Crecer en un país como Venezuela te impone una visión de la belleza completamente distinta a cualquier otro lugar, de pequeña en vez de decirme que era bonita, me decían que “esa niña va a ser Miss cuando crezca”. Recuerdo la tradición de reunirse en familia y ver en la sala de la casa el Miss Venezuela como un ritual imperdible; este “magno evento” es básicamente un maratón de mujeres con narices falsas y peinados pomposos repartiendo mucho glamour y pocas buenas respuestas que compiten por la corona que le da el derecho a un carro último modelo y la envidia de muchas, haciendo olvidar a un país entero la desidia y la ignominia que la carcome como toda buena nación tercermundista. En varios países de Sudamérica coleccionan títulos de futbol, pero en Venezuela se colecciona con orgullo las coronas de Miss Universo; así es de obligatoria la belleza en Venezuela.

Muchas veces escuché a las amigas de mi mamá decirle lo mucho que ella debía inscribirme en la academia de modelaje en la que tienen a sus hijas,  mientras le sugerían que inscribiera a mi hermano en karate o en el equipo de beisbol del colegio. Es por eso que  muchas crecen jugando a ganarse la corona y suplican por una operación de senos como regalo de 15 años; mientras los hombres terminan con una primitiva necesidad de perseguir a aquella con más prótesis, que mágicamente convierten a cualquiera en bonita porque  “Aunque es fea, el escote da la cara por ella” como he escuchado decir a muchos.

Es así como el concepto de belleza se distorsiona: muchos son los hombres que prefieren una mujer operada y son muchas las que secretamente quieren estarlo; convirtiéndonos así en una sociedad exageradamente vanidosa y vacía por obra y gracia de Osmel Sousa. Culpa es de él que la autoestima de muchas flaquee ante la competencia desleal contra repotenciadas mujeres con demasiado CC frente a tus modestas “bubis”.

Sin embargo esto también me ha permitido analizar un poco más el fenómeno y crear una categorización de las mujeres “siliconeadas” de mi entorno:

  1. La obsesionada: la que basa su autoestima en la talla de brasier que usa, desde los 15 años está ahorrando para agrandar sus encantos y hasta puso una alcancía en su casa al lado de la imagen de San Juditas (patrón de las causas desesperadas) para que las visitas colaboraran con su sueño: 650 cc para que se “note” y la operación “valga la pena”. No esperó ni un segundo para salir con la banda post operatoria y lucir blusas escotadas para mostrar su inversión; es de las que piensa que sin silicona no hay marido, quien por supuesto la sacará de la pobreza mientras la exhibe como trofeo en su camioneta del año.
  1. La plástica mantenida: es igual que el primer espécimen con la diferencia de que ella puso mucho menos esfuerzo –y dinero- y con sólo tres pataletas hizo que su papá firmara el cheque para la consulta,  exámenes, operación, masajes post operatorios y por su puesto el closet nuevo para las “niñas” repotenciadas.
  1. La wannabe: la que por falta de personalidad, dejándose llevar por sus amigas o por simple moda gastó las utilidades del año para operarse porque “tenía el dinero en la cuenta”. Es de esos seres brillantes que en vez de ahorrar, viajar o incluso montar un carrito de perro calientes prefiere someterse a una cirugía plástica para sentirse más bella y lo justifica diciendo que luego puede trabajar como promotora y recuperar la “inversión”.
  1. La wannabe sin fondos: la que dice que jamás se operaría pero en verdad mataría por verse como Diosa Canales, sólo que el sueldo no le alcanza y sus papás no la quieren tanto como para gastarse los ahorros de la familia en las curvas de su primogénita, sin embargo es de las que compensa con excesivas minifaldas y push up bras.
  1. La prematura: la que desde niña fue persuadida por su madre para hacerlo, obligando al papá a que averiguara como hacer que el seguro cubriera la cirugía. Al final terminó poniéndose demasiado, por lo que todos en el colegio recuerdan su nombre y su imagen fue protagonista de las fantasías precoces de sus compañeros del salón.
  1. La acomplejada: la que no se desarrolló tanto como esperaba y desde joven se creó el trauma de ser muy “plana” y, por lo tanto, poco atractiva. Apenas tuvo un trabajo que se lo permitiera agendó la cita con el cirujano de moda para de una vez por todas sentirse mujer y rellenar los vestidos como le han dicho que tienen que verse. Ahora es feliz y todo es gracias a la silicona, pero no tiene carro y va al trabajo en metro donde todos los días un nuevo viejo verde le mira el escote durante 8 estaciones.
  1. La tardía: la mujer que desde jóven quería operarse pero es de las que deja todo para último momento. Ahora que tiene 40 años, dos hijos y múltiples estrías, piensa gastarse el dinero de la ortodoncia de Carlitos en un nuevo “par” y así sentirse jóven de nuevo, como venganza contra su ex esposo quien la cambió por un modelo más nuevo y con mejor delantera.

Pueden haber otros tipos de mujeres siliconeadas merodeando por ahí, aún sin identificar pero sí reconocibles por su pobre demostración de “autoestima” que exponen con orgullo tras sus camisas con demasiados botones sin abrochar.

Karina.

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