Venezuela: nación de emigración

Siempre he sido de esas personas que piensan tres veces las cosas antes de hacerlas, que para decidir qué almorzar hacen una lista mental de los restaurantes más cercanos según calidad y precio, que anota lo que va a empacar antes de cada viaje y que hace listas para todo; son cosas que llevo haciendo toda mi vida y que por ende me son completamente fáciles.

Hoy sin embargo no he podido escribir ni la primera línea de mi típica lista obsesiva de viaje; creo que jamás pensé lo difícil que sería empacar para un boleto sin regreso, jamás me había dado cuenta de la cantidad de cosas que he acumulado todos estos años y las pocas que entran en estas dos maletas en las que debo meter toda mi vida.

Estoy muy segura de mi decisión de abandonar el país en el que nací, no cuestiono a aquellos que no se han planteado la idea o que ante la opción prefieren no hacerlo, en verdad respeto a quienes todavía apuestan por Venezuela y deciden no irse, quisiera compartir su optimismo pero tanto derroche de “patria” me ha convertido en escéptica.

Sin embargo esperaría la misma empatía de aquellos que critican a quienes se van, que dicen que irse es la opción fácil, que piensan que al salir de Maiquetía ya revocas los derechos de opinar como venezolano. Pensaría que siendo este un país de inmigrantes sabrían  los sacrificios que hay que tomar por medio de esas historias que siempre nos recordaban que los privilegios que disfrutaron nuestros padres y nosotros mismos son gracias a los sacrificios que hicieron en ese entonces nuestros abuelos. Él mío llegó en un buque petrolero a La Guaira, escapando con su familia de una Europa post dictadura con su hermana dormida en sus brazos y sentado en la única maleta que empacó y hoy por cosas de la vida se ve obligado a despedir a casi todos sus nietos de ese mismo país que lo recibió hace tantos años.

Quisiera saber qué pensarían esos “patriotas incurables” si estuviesen obligados por la inseguridad imperante a sacrificar las arepas de su mamá por la tranquilidad de caminar de noche a tu casa, de decirle adiós al aroma de hallacas en diciembre por un sueldo más digno que no sea consumido por una inflación de 3 dígitos; solo por mencionar algunos ejemplos que se escapan de las dificultades que implican adecuarse al vocabulario de otro país o enfrentarse a la barrera de un nuevo idioma, amoldarse a las costumbres de otra cultura sin tener a tu familia cerca, todo esto gracias a los logros de una horda de pseudo-comunistas con ansias de dinero y poder.

Quisiera poder olvidar todas las veces que he ido al aeropuerto a despedirme de mis amigas más cercanas y mis familiares más queridos, quisiera dejar de recordar todos esos abrazos sinceros llenos de lágrimas, quisiera que el olor a playa que siento cuando bajo a Maiquetía sea de nuevo el olor de los domingos en la mañana y no el olor de otra separación forzada.  Quisiera también tener la fortaleza de no llorar como niña cuando me despida de mi madre y poder soportar ese abrazo que me dará, como si apretándome fuerte volveré a estar sana y salva en sus entrañas.

Y aunque al cruzar la taquilla de migración dejaré atrás a mis padres, mi perro y mis amigos,  sé que en el momento en que se enciendan las turbinas sentiré el alivio de alejarme de esa calle ciega que es mi país, sabiendo que no seré la única en el avión con los ojos llorosos detrás de unos lentes oscuros que le dice adiós a Venezuela… ni seré la última.

Karina,

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