Crónicas de una venezolana perdida

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Ya la señal de ajustar los cinturones se encendió, siento como empieza el descenso y escucho a la aeromoza con acento azteca y fresa decir: “Bienvenidos al Aeropuerto Benito Juárez que sirve a la Ciudad de México, les damos las gracias por su preferencia y esperamos tener la oportunidad de servirles nuevamente”. Momento en que siento un tirón en el estómago y una sensación de susto, pero susto del bueno, ese que te impulsa a hacer cosas que luego alardearás como convicción.

Tomo mis dos maletas estratégicamente empacadas y mi nueva casa me da la bienvenida con unos 13° de frío al que mi termostato caribeño no está acostumbrado. Paso airosa por todos los requisitos de seguridad dejando atrás a los perros antidrogas que por más de una hora inspeccionaron mi equipaje y camino rápidamente por las caras amenazantes de inmigración para embarcarme en esta obligada travesía.

Para quien no haya vivido esta experiencia, estar lejos de tus país es tener la perenne sensación de desencajar; sin embargo a pesar de estar desorbitado te alivia pensar que lo lograste, que por fin saliste de ese circo en el que se convirtió tu país, y paseas por las calles como Dorothy en el mundo de Oz hasta que te das cuenta que no sabes a donde ir.

Los primeros días se van rápido, entre conocer los lugares turísticos y muchas invitaciones a comer; luego pasa la primera semana, y cada quien continúa su vida mientras tu intentas reconstruir la tuya. Buscas desesperadamente apartamento porque ya incomodas a tus anfitriones, mientras tus arterias te reclaman el exceso de grasa proveniente de las continuas hamburguesas de McDonald’s, por lo que ha llegado la hora de quemar tu primera olla de arroz.

Me aventuro una vez más a caminar por esta ciudad llena de calles que provoca recorrer pero que nunca terminas de conocer y después de andar dos horas en círculos por la misma zona, agotada por el calor y con hambre gracias al olor a tortilla que emana de cada puesto de esquina, veo una familia caminar alegremente y me siento nostálgica, pienso en qué estará haciendo mi madre, si alguien jugó con mi perro hoy, como le fue a mi hermano en su día o si mi novio piensa en mí, y mientras una lágrima se empieza a formar en mi rostro, la madre grita “¡Ándele, cabrón!” a su chamaco distraído haciendo que se le caiga la paleta, lo que me saca una sonrisa.

Así de rápido se escapa mi momento de sentimentalismo, volteo, sigo caminando entre los nuevos acentos mientras todo me es desconocido y sigo sin dar con la calle de nombre impronunciable donde debo ir a ver un apartamento en alquiler.

Karina

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