Círculo cromático

CC

Recuerdo una visita a casa de una amiga de mi mamá, una de esas salidas obligadas en las que no tienes nada mejor que hacer que sentarte y aburrirte. Pasé la tarde en el cuarto de su hija Carla, quien estaba próxima a casarse y escuché cómo con el mayor secretismo del mundo ella le revelaba a su menos afortunada amiga el secreto para llegar al altar, clave inequívoca para la felicidad o al menos eso decían ellas.

Para mi sorpresa el discurso no comenzó con la importancia de la comunicación y el respeto mutuo, sino con un relato exhaustivo de todas las desilusiones y rupturas que había atravesado anteriormente, aquellos hombres que la habían hecho infeliz y como por fin había conseguido al hombre perfecto gracias a una fría selección, donde finalmente entendió que lo importante es “escoger” las cualidades que buscas realmente en un hombre.

Es decir, si quieres que sea guapo y trabajador probablemente no sea muy fiel y se tomará más selfies por minuto que Kim Kardashian como lo fue Ricardo; o si quieres un hombre inteligente y respetuoso, llorará viendo Bridget Jones y sabrá la diferencia entre el color menta y aguamarina como era Juan Pablo; para finalmente ceder y decidir estar con alguien cercano a su familia y que te quiera pero que ignora su calvicie y menosprecia tu trabajo, como lo es Julio su hasta ahora esposo.

Su teoría se basaba en una especie de círculo cromático con las características que esperas de una pareja y las diferentes variaciones que se generan a partir de ellas, en donde la premisa principal es que ineludiblemente tienes que ceder para conseguir al hombre perfecto.

En su momento no entendí esta extraña clasificación masculina, pero ahora puedo ver claros ejemplos de cómo algunas mujeres toleran que sus novios desaparezcan todos los viernes en la noche porque se parece – solo con mala iluminación- a Ryan Reynolds o que no les importe que sea un celoso enfermizo ya que les carga las bolsas cuando van de compras como todo un “caballero”.

No pude evitar preguntarme si realmente Carla me dijo en su momento el mejor consejo del mundo y la clave para las relaciones duraderas, pero finalmente entendí que no se trata de una selección analítica y premeditada, es más bien un conformismo circunstancial donde terminas autoconvenciéndote de ignorar las fallas del gordito que conociste en Tinder sólo porque resultó no ser un depredador sexual y vaya que has conocido a más de uno.

El problema está en creer que hay un hombre perfecto, fallar al intentar conseguirlo y luego conformarse con la primera persona que crees puede merecer la pena inventando teorías para convencerte de tu decisión.

Y tú, ¿Cuáles son las concesiones que estás dispuesta a hacer en pro de un amor a la Disney?

Karina

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Conversaciones de semáforo

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-Acabo de llegar de reunirme con mi cliente, me invitó a que fuera con él a su club de campo el fin de semana –risa nerviosa- obvio le tuve que decir que no.

La risa nerviosa de la chica que contaba esta historia era la mejor manera que tenía de buscar alguna reafirmación de que su decisión fue la correcta, ante lo cual su amiga contestó:

-Espera, pero ¿al menos le dijiste que fueran mejor a almorzar o a tomar un café? Digo, ¿no lo hiciste sentir incomodo después de decirle que no?

-Ah sí, le dije que mejor quedábamos en la semana para ir a cenar y fui super amable con él para que no viera que me lo tomé de mala manera.

Si alguien estaba en la Av. Reforma a las 3:00 de la tarde, yo era la chica con los ojos completamente fuera de órbita que escuchaba una conversación ajena. ¿Cómo es que estas dos mujeres están bajo la impresión de que el hombre que se está propasando en un ambiente laboral es quien merece la mayor amabilidad posible para evitar que se sienta incomodo ante su propuesta absolutamente inapropiada?

Quise por un momento interrumpir y afirmarles que ningún comentario es tomado de mala manera si se le da la única interpretación posible, pero el semáforo peatonal cambió a verde y fui en dirección opuesta a estas dos mujeres que siguieron su conversación mientras luchaban por caminar sobre el asfalto en tacones de aguja, ¿qué cómico, no? se esfuerzan tanto por dar una buena impresión a los demás que se terminan quitando importancia a ellas mismas.

Karina.

Dolores G.

Grandma

Hace poco escuché a una chica decir con mucho orgullo que “no hay nada mejor que estar al lado de un hombre exitoso”,  como si de alguna manera fuera también mérito suyo y que eso hablara aún mejor de ella. De vuelta a casa no pude evitar recordar el episodio, de sólo pensar en decir lo que esa chica dijo, en voz alta y con tanta presunción me haría sentir mucha pena.

Esta chica ya logró su mayor meta en la vida, conseguir estar al lado de un hombre con el éxito que ella jamás se ha propuesto alcanzar. ¿Qué puede ser mejor que eso, verdad? Pues, se me ocurren al menos 50 cosas mejores entre las que está pagar el mercado limpiando mesas en McDonald’s, y lo digo sin ánimos de denigrar a nadie y sin esperar que cuando lo diga en voz alta me feliciten.

Ni ser exitosa basta para justificar al idiota que tienes al lado, ni los logros de tu pareja deberían ser suficientes para sentirte realizada. Conseguir a un hombre del que tu mamá está orgullosa significa que al menos escuchabas la mitad de sus sermones, pero dudo que conformarme con eso llene del todo mis expectativas.

De niñas nos meten en la cabeza la idea del hombre ideal y proveedor para la familia, mi mamá esperaba que yo pudiera conseguir un esposo trabajador y establecido, afortunadamente también me enseñó la importancia de la educación, de fijarme metas propias y alcanzarlas.

Sin embargo el discurso de muchas madres se queda en el primer paso, tal como las educaron a ellas hace varios años atrás bajo otro tipo de sociedad y es así como muchas mujeres ven en un ejecutivo o un empresario el hombre con quien caminar al altar. Como si el único requisito necesario para la marcha nupcial es la cuenta bancaria de su significativamente más exitosa media naranja; dejando de lado sus metas, pues  el cargo de su esposo es lo suficientemente grande para llenar la boca de ambos.

Me gustaría preguntarle a muchas ¿De qué hablan cuando quieren impresionar a los demás? Mencionan que quieren hacer una maestría, que están aprendiendo un nuevo idioma, o de la promoción que recibió su novio y las vacaciones que prometió regalarles con el nuevo aumento.

Creo que todas en algún punto hemos caído en este error, el problema está en no notarlo y sobretodo en no querer cambiarlo, en conformarse con disfrutar los beneficios de un éxito que no fue alcanzado con el esfuerzo propio.

Siempre recordaré la conversación que tuve con una señora sobre sus arrepentimientos y anhelos, me confesó la tristeza que sentía por haber sido siempre definida por los hombres en su vida “Primero fui la hija de Don Alfonso, luego fui la secretaria del Sr. Medina y pasé el resto de mi vida siendo la esposa del Sr. Rodríguez”.“Nunca fui yo” sentenció aquella dulce señora, que espero sepa que yo si la recordaré por su nombre y que haré lo posible para ser recordada únicamente por quien soy.

Karina

Crónicas de una venezolana perdida

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Ya la señal de ajustar los cinturones se encendió, siento como empieza el descenso y escucho a la aeromoza con acento azteca y fresa decir: “Bienvenidos al Aeropuerto Benito Juárez que sirve a la Ciudad de México, les damos las gracias por su preferencia y esperamos tener la oportunidad de servirles nuevamente”. Momento en que siento un tirón en el estómago y una sensación de susto, pero susto del bueno, ese que te impulsa a hacer cosas que luego alardearás como convicción.

Tomo mis dos maletas estratégicamente empacadas y mi nueva casa me da la bienvenida con unos 13° de frío al que mi termostato caribeño no está acostumbrado. Paso airosa por todos los requisitos de seguridad dejando atrás a los perros antidrogas que por más de una hora inspeccionaron mi equipaje y camino rápidamente por las caras amenazantes de inmigración para embarcarme en esta obligada travesía.

Para quien no haya vivido esta experiencia, estar lejos de tus país es tener la perenne sensación de desencajar; sin embargo a pesar de estar desorbitado te alivia pensar que lo lograste, que por fin saliste de ese circo en el que se convirtió tu país, y paseas por las calles como Dorothy en el mundo de Oz hasta que te das cuenta que no sabes a donde ir.

Los primeros días se van rápido, entre conocer los lugares turísticos y muchas invitaciones a comer; luego pasa la primera semana, y cada quien continúa su vida mientras tu intentas reconstruir la tuya. Buscas desesperadamente apartamento porque ya incomodas a tus anfitriones, mientras tus arterias te reclaman el exceso de grasa proveniente de las continuas hamburguesas de McDonald’s, por lo que ha llegado la hora de quemar tu primera olla de arroz.

Me aventuro una vez más a caminar por esta ciudad llena de calles que provoca recorrer pero que nunca terminas de conocer y después de andar dos horas en círculos por la misma zona, agotada por el calor y con hambre gracias al olor a tortilla que emana de cada puesto de esquina, veo una familia caminar alegremente y me siento nostálgica, pienso en qué estará haciendo mi madre, si alguien jugó con mi perro hoy, como le fue a mi hermano en su día o si mi novio piensa en mí, y mientras una lágrima se empieza a formar en mi rostro, la madre grita “¡Ándele, cabrón!” a su chamaco distraído haciendo que se le caiga la paleta, lo que me saca una sonrisa.

Así de rápido se escapa mi momento de sentimentalismo, volteo, sigo caminando entre los nuevos acentos mientras todo me es desconocido y sigo sin dar con la calle de nombre impronunciable donde debo ir a ver un apartamento en alquiler.

Karina

Venezuela: nación de emigración

Siempre he sido de esas personas que piensan tres veces las cosas antes de hacerlas, que para decidir qué almorzar hacen una lista mental de los restaurantes más cercanos según calidad y precio, que anota lo que va a empacar antes de cada viaje y que hace listas para todo; son cosas que llevo haciendo toda mi vida y que por ende me son completamente fáciles.

Hoy sin embargo no he podido escribir ni la primera línea de mi típica lista obsesiva de viaje; creo que jamás pensé lo difícil que sería empacar para un boleto sin regreso, jamás me había dado cuenta de la cantidad de cosas que he acumulado todos estos años y las pocas que entran en estas dos maletas en las que debo meter toda mi vida.

Estoy muy segura de mi decisión de abandonar el país en el que nací, no cuestiono a aquellos que no se han planteado la idea o que ante la opción prefieren no hacerlo, en verdad respeto a quienes todavía apuestan por Venezuela y deciden no irse, quisiera compartir su optimismo pero tanto derroche de “patria” me ha convertido en escéptica.

Sin embargo esperaría la misma empatía de aquellos que critican a quienes se van, que dicen que irse es la opción fácil, que piensan que al salir de Maiquetía ya revocas los derechos de opinar como venezolano. Pensaría que siendo este un país de inmigrantes sabrían  los sacrificios que hay que tomar por medio de esas historias que siempre nos recordaban que los privilegios que disfrutaron nuestros padres y nosotros mismos son gracias a los sacrificios que hicieron en ese entonces nuestros abuelos. Él mío llegó en un buque petrolero a La Guaira, escapando con su familia de una Europa post dictadura con su hermana dormida en sus brazos y sentado en la única maleta que empacó y hoy por cosas de la vida se ve obligado a despedir a casi todos sus nietos de ese mismo país que lo recibió hace tantos años.

Quisiera saber qué pensarían esos “patriotas incurables” si estuviesen obligados por la inseguridad imperante a sacrificar las arepas de su mamá por la tranquilidad de caminar de noche a tu casa, de decirle adiós al aroma de hallacas en diciembre por un sueldo más digno que no sea consumido por una inflación de 3 dígitos; solo por mencionar algunos ejemplos que se escapan de las dificultades que implican adecuarse al vocabulario de otro país o enfrentarse a la barrera de un nuevo idioma, amoldarse a las costumbres de otra cultura sin tener a tu familia cerca, todo esto gracias a los logros de una horda de pseudo-comunistas con ansias de dinero y poder.

Quisiera poder olvidar todas las veces que he ido al aeropuerto a despedirme de mis amigas más cercanas y mis familiares más queridos, quisiera dejar de recordar todos esos abrazos sinceros llenos de lágrimas, quisiera que el olor a playa que siento cuando bajo a Maiquetía sea de nuevo el olor de los domingos en la mañana y no el olor de otra separación forzada.  Quisiera también tener la fortaleza de no llorar como niña cuando me despida de mi madre y poder soportar ese abrazo que me dará, como si apretándome fuerte volveré a estar sana y salva en sus entrañas.

Y aunque al cruzar la taquilla de migración dejaré atrás a mis padres, mi perro y mis amigos,  sé que en el momento en que se enciendan las turbinas sentiré el alivio de alejarme de esa calle ciega que es mi país, sabiendo que no seré la única en el avión con los ojos llorosos detrás de unos lentes oscuros que le dice adiós a Venezuela… ni seré la última.

Karina,

K de Kardashian

Hoy estaba conversando con mis compañeras de oficina sobre la tragedia en Nepal -de la cual muchas no estaban enteradas-, cuando súbitamente se cambió el giro de la conversación por una noticia sobre las Kardashian.

Me pareció increíble que una simple foto subida en Instagram desviara la atención del grupo, pasando de hablar sobre el terremoto a las trivialidades de esta ridículamente compleja y amplia familia de la cual todas podrían recitar a la perfección nombres e historial amoroso, aun cuando dudaban si Katmandú era una ciudad real. En ese momento preferí abandonar el grupo conteniendo las ganas de aplaudir su estupidez, en sus caras, con la engrapadora del escritorio.

Fue entonces que me detuve a pensar en las costumbres nepalís, su festival de matanzas con miles de animales sacrificados en pos de la religión, así como en todo el sufrimiento de este país y el luto por sus miles de muertos; y justo cuando comienzo a sentirme totalmente conmovida recuerdo la discusión del grupo por el cambio de sexo del padrastro de estas “celebridades”  instante en el que me pregunté,  ¿en qué mundo estamos? ¿qué pasaría si llegan unos extraterrestres al planeta y pregunten por qué somos tan contradictorios y extraños? ¿cómo uno responde?

Sin duda mi respuesta sería que para explicar cómo está el mundo tendría que empezar por hablar sobre Kim Kardashian. En la sociedad moderna pasamos de entretenernos en Coliseos a pasar horas viendo reality shows sin contenido; ya no idolatramos a Aquiles como los griegos, ahora los niños idolatran a futbolistas metrosexuales porque el deporte ha sido una manera para trascender socialmente, ser famoso y tener el poder de salirte con la tuya. Ejemplo de esto es O.J. Simpson: un futbolista americano que un día al ver que su esposa le engañaba decidió asesinarla pero logró salir inocente a pesar de la evidencia en su contra  gracias a los honorarios multimillonarios que les pagó a sus abogados, uno de ellos, por cierto, resulta ser el padre de nadie más que Kim Kardashian.

Kim en ese entonces era una niña en medio del escrutinio público generado por el divorcio de sus padres, lo que puede explicar la absurda necesidad desarrollada en ella de llamar la atención de los hombres y en busca de atención en tiempos modernos explotó sus mejores atributos siguiendo los pasos de su ex empleadora Paris Hilton y vendió su sex tape  por 5 millones de dólares ganándose un pase gratis a la fama y convirtiendo, además, al resto de su familia en esta misma raza de celebridades vacías.

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Es entonces como Kardashian es sólo un apellido que identifica a unas tontas sobrevaloradas cuyo mayor logro en la vida es capitalizar su cuerpo y que gracias al bombardeo mediático lograron que el mundo les siga los pasos.

Son famosas por no tener ningún talento y eso lamentablemente es atractivo para todas las tontas que piensan que si Kim pudo, ellas también pueden, y que están a una foto de Instagram en traje de baño de alcanzar la fama kardashian-style. Lamento decirles que el éxito no es ganarse la vida quitándose la ropa y exponer cada detalle de tu vida en un show de dramas orquestados, vendiendo la idea de que lo único que necesitas saber en la vida para sobrevivir es como tomarte una selfie.

En definitiva el problema no es hablar de porqué Kim Kardashian ha pasado por más hombres que carteras en su closet, el problema es ignorar que su éxito es sólo una prueba más de que como sociedad somos una porquería.

Puedo imaginar que Robert Kardashian debe estar revolcándose en su tumba al ver lo que llevó a sus hijas a la fama, así como quizás todos en Nepal estarán pensando si la matanza de animales en verdad los llenó de prosperidad y aunque no sé si esas cosas son realmente ciertas todo apunta a que el  karma sí existe y se escribe con K de Kardashian.

Karina.

7 tipos de personas que todos tenemos en Snapchat

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Snapchat es una aplicación para enviar fotos o videos a tus contactos quienes la pueden ver por unos segundos y después desaparece. Eso es todo: te tomas una foto, la envías y desaparece. Lo atractivo de esto es que puedes mandar esas fotos vergonzosas o tontas sin temor a que terminen en otras redes sociales donde se quedarían para que todo el mundo las vea con el peligro de que se vuelva viral.

A pesar de lo simple de este concepto su popularidad está creciendo enormemente, por lo que han surgido  varios tipos de snapchateros que vale la pena identificar:

1. Los dañados: esos que suben 30 snaps a la semana de puros karaokes de borrachos inentendibles, fotos de botellas de ron ordenadas por tamaño y precio, videos de las fiestas a las que van exhibiendo con orgullo lo que sólo puede significar una futura cirrosis hepática y la pérdida irreparable de neuronas.

2. La modelo frustrada: esa pobre chica que se cree bella aunque nunca pudo salir ni en comercial de gobierno y ahora drena sus frustraciones con puras selfies antes de salir de su casa mostrando su outfit y demostrando que su más grande aspiración en la vida es ser fashion blogger.

3. La exhibicionista: nunca puede faltar la que sube puras fotos porno-eróticas mostrando el escote o que enseña su ropa pero siempre de espalda y sacando el culo, porque ella sabe que los hombres sólo necesitan 40 segundos.

4. Los sin oficio: este tipo de personas atormentan a todos con el constante relato de su día a día: qué desayunó, cómo se ve el monitor de su pantalla en el trabajo, los doritos que se compró en la máquina, su almuerzo, el tráfico de regreso a casa y hasta sus medias de ovejitas antes de dormirse.

5. Los babosos: esa pareja de atorrantes que sólo sube fotos de ellos con leyendas cursis documentando todos los planes que hacen juntos, las películas que ven y los regalos que se dan, tratando de ocultar que realmente tienen más cachos encima que snaps en su historia.

6. Los cineastas: son esas personas que sólo suben videos y creen que cada snap es un corto de 60 segundos de su vida que a todos nos interesa ver, cuando realmente son tan irrelevantes como ellos mismos y lo único que los hace dormir felices en las noches es ver cuántos de sus amigos miraron su snap sin importar que en realidad ni la mitad de ellos los llame para felicitarlos en su cumpleaños.

7. Los sexters: son los que usan la aplicación para lo que todos sabemos que fue creada y se pasan el día pensando en poses o fotos creativas para enviarles a su amigo con derecho de turno mientras viven con el miedo de pensar que pudieron enviar ese snap al desnudo con sábanas de leopardo a toda su lista de contactos.

Lo que me sorprende de su uso tan extendido es que nadie se preocupe por lo poco segura que es esta aplicación. Los snaps no desaparecen mágicamente, las imágenes que envías son archivadas en los servidores de Snapchat brevemente al igual que en los archivos temporales de tu celular, lo que puede significar que esa foto que pensabas había desaparecido para siempre puede ser rescatada sin mucha dificultad.

Y bien, ¿cuáles son las consecuencias? un blog de Tumblr llamado Snapchat Sluts  y una página de Facebook llamada Snapchat Leaked  publicaban fotos de mujeres topless sin su permiso como material para los pervertidos que quisieran distraerse y disfrutar de las imágenes por más de algunos segundos.

Todos sabíamos que esto iba a pasar, el minuto que aparece una nueva aplicación que es usada para intercambiar fotos privadas no tarda mucho tiempo en que llegue alguna página que las haga públicas; así que sigan exponiendo cada detalle de sus vidas en cuanta red social pueda existir cerebritos, que con eso seguro resuelven la falta de atención de sus padres.

Karina

La cultura de la violación (Rape Culture)

La cultura de la violación es una condición social que estamos experimentando culturalmente y cuya percepción de ser un simple concepto inventado por las feminazis merece ser desmitificada.

Según el Marshall University’s Women’s Center, “la cultura de la violación es un entorno en el cual la violación prevalece y  la  violencia sexual contra la mujer se normaliza y justifica, perpetuándose mediante el uso de lenguaje misógino, la cosificación del cuerpo de la mujer y dando lugar a una sociedad despreocupada por los derechos y la seguridad de las mujeres”

El problema de entender este concepto puede estar en la asociación de “cultura” a la palabra “violación” pues muchos pueden decir que no participamos en la violencia sexual en conjunto como una sociedad de salvajes; pero lo que si es cierto es que existen muchas prácticas culturales que excusan o toleran estos comportamientos donde colectivamente se ignora, trivializa o se bromea al respecto.

Cada vez que sale a la luz pública algún caso de violación lo primero en ser escudriñado es la víctima, sus costumbres, si sacaba buenas notas o no, que tenía puesto o si iba a misa los domingos como si se necesitara toda una información de background para determinar si es efectivamente una víctima o “se lo estaba buscando” y es allí donde debemos detenernos a pensar ¿por qué demonios somos así?

Desde pequeña tu familia y la sociedad alimentan este problema: te dicen qué ponerte, qué no ponerte, cómo caminar, por dónde caminar, a qué hora salir, qué hacer, dónde lo haces, no estar sola, tomar clases de defensa personal, siempre estar alerta, mirar tu entorno, no bajar la guardia en ningún momento; porque si eres víctima de algún abuso fue porque no seguiste las reglas y es tu culpa. En vez de enseñar a las mujeres a defendernos deberían enseñar a los hombres a no violar.

Actualmente 1 en 6 mujeres sufren abusos sexuales en su vida y sólo un 3% de los agresores cumplen sentencia en la cárcel. Estos números se traducen en un perenne miedo de las mujeres a ser atacadas y no en acciones contundentes en contra de los culpables, quienes andan por la vida sin consecuencias a sus cochinas costumbres y es por esto que el idiota que te agarró el culo en el club nunca dejará de hacerlo mientras sus amigos le regalen un shot por ello y tú como víctima sientas que no puedes hacer nada sino tolerarlo.

Se estima que en el 73% de los casos la víctima conocía a su agresor, es decir que no sólo hay que lidiar con la horda de cavernícolas que te morbosean en la calle o los jefes que te miran con demasiada lujuria en el trabajo sólo por llevar vestido; tus propios amigos, primos, tíos, profesores o cualquier persona en la que probablemente confíes podría terminar pensando -por no decir que probablemente piense- que no hay nada malo en meterte un poco de mano en el bautizo de Adrianita o incluso peor.

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Esta cultura nos deja desprovistas del más mínimo sentido de tranquilidad incluso en nuestro mismo entorno, y es por esto que la tasa de violencia sexual contra la mujer en América Latina contabiliza los 500 episodios por día:  en Argentina se registran en promedio cinco feminicidios por semana, en Brasil se calcula que cada 15 segundos una mujer es agredida por violencia doméstica, en Colombia cada 6 horas una mujer es abusada, en México se calcula una violación cada 4 minutos, en Perú hasta un 61% de mujeres reportaron actos de violencia física y en Venezuela  cada 15 minutos una mujer sufre abusos a manos de su pareja.

Un ejemplo claro de este problema es Linda Loaiza una chica que sufrió brutales abusos y vive día a día la impunidad de su caso mientras el degenerado de Luis Carrera Almoina fue absuelto de todos los cargos y debe estar tomándose un caramel macchiato en cualquier esquina esperando a su próxima víctima; esto por solo mencionar un episodio de mí país, pero casos como los de Melina Romero o Daiana García resultan en peores desenlaces.

Muchos de los hombres que conozco se sacuden la responsabilidad al decir que como no acosan, abusan o violan a ninguna mujer no están trivializando las agresiones sexuales, cuando son de los primeros que dicen cosas como: “que exagerada, él solo le grito cosas en la calle debería sentirse halagada”, “¿qué tanto? apenas le tocó el culo”; o peor aún, mujeres que toleran el acoso sexual al pensar : “que se puede hacer, así son los hombres”, “quien la manda a ir vestida así”, “con esos bailes, estaba pidiéndolo”, “era muy tarde para que estuviera en la calle” entre muchos otras cosas que de ser su hija, prima o hermana me gustaría ver si las repetirían.

A pesar de todo esto creo firmemente en la loca idea de que las mujeres tenemos completo poder de decisión sobre quién tiene acceso a nuestro cuerpo y los hombres deben respetarlo; no creo que un beso, un trago o una cita mágicamente les otorgue libre y absoluto acceso al cuerpo de las mujeres. Es por esto que una cultura que fomenta estos principios debe erradicarse y esto únicamente será posible cuando el rechazo a su práctica sea absoluta.

Karina

Venezuela: Silicon Valley

Crecer en un país como Venezuela te impone una visión de la belleza completamente distinta a cualquier otro lugar, de pequeña en vez de decirme que era bonita, me decían que “esa niña va a ser Miss cuando crezca”. Recuerdo la tradición de reunirse en familia y ver en la sala de la casa el Miss Venezuela como un ritual imperdible; este “magno evento” es básicamente un maratón de mujeres con narices falsas y peinados pomposos repartiendo mucho glamour y pocas buenas respuestas que compiten por la corona que le da el derecho a un carro último modelo y la envidia de muchas, haciendo olvidar a un país entero la desidia y la ignominia que la carcome como toda buena nación tercermundista. En varios países de Sudamérica coleccionan títulos de futbol, pero en Venezuela se colecciona con orgullo las coronas de Miss Universo; así es de obligatoria la belleza en Venezuela.

Muchas veces escuché a las amigas de mi mamá decirle lo mucho que ella debía inscribirme en la academia de modelaje en la que tienen a sus hijas,  mientras le sugerían que inscribiera a mi hermano en karate o en el equipo de beisbol del colegio. Es por eso que  muchas crecen jugando a ganarse la corona y suplican por una operación de senos como regalo de 15 años; mientras los hombres terminan con una primitiva necesidad de perseguir a aquella con más prótesis, que mágicamente convierten a cualquiera en bonita porque  “Aunque es fea, el escote da la cara por ella” como he escuchado decir a muchos.

Es así como el concepto de belleza se distorsiona: muchos son los hombres que prefieren una mujer operada y son muchas las que secretamente quieren estarlo; convirtiéndonos así en una sociedad exageradamente vanidosa y vacía por obra y gracia de Osmel Sousa. Culpa es de él que la autoestima de muchas flaquee ante la competencia desleal contra repotenciadas mujeres con demasiado CC frente a tus modestas “bubis”.

Sin embargo esto también me ha permitido analizar un poco más el fenómeno y crear una categorización de las mujeres “siliconeadas” de mi entorno:

  1. La obsesionada: la que basa su autoestima en la talla de brasier que usa, desde los 15 años está ahorrando para agrandar sus encantos y hasta puso una alcancía en su casa al lado de la imagen de San Juditas (patrón de las causas desesperadas) para que las visitas colaboraran con su sueño: 650 cc para que se “note” y la operación “valga la pena”. No esperó ni un segundo para salir con la banda post operatoria y lucir blusas escotadas para mostrar su inversión; es de las que piensa que sin silicona no hay marido, quien por supuesto la sacará de la pobreza mientras la exhibe como trofeo en su camioneta del año.
  1. La plástica mantenida: es igual que el primer espécimen con la diferencia de que ella puso mucho menos esfuerzo –y dinero- y con sólo tres pataletas hizo que su papá firmara el cheque para la consulta,  exámenes, operación, masajes post operatorios y por su puesto el closet nuevo para las “niñas” repotenciadas.
  1. La wannabe: la que por falta de personalidad, dejándose llevar por sus amigas o por simple moda gastó las utilidades del año para operarse porque “tenía el dinero en la cuenta”. Es de esos seres brillantes que en vez de ahorrar, viajar o incluso montar un carrito de perro calientes prefiere someterse a una cirugía plástica para sentirse más bella y lo justifica diciendo que luego puede trabajar como promotora y recuperar la “inversión”.
  1. La wannabe sin fondos: la que dice que jamás se operaría pero en verdad mataría por verse como Diosa Canales, sólo que el sueldo no le alcanza y sus papás no la quieren tanto como para gastarse los ahorros de la familia en las curvas de su primogénita, sin embargo es de las que compensa con excesivas minifaldas y push up bras.
  1. La prematura: la que desde niña fue persuadida por su madre para hacerlo, obligando al papá a que averiguara como hacer que el seguro cubriera la cirugía. Al final terminó poniéndose demasiado, por lo que todos en el colegio recuerdan su nombre y su imagen fue protagonista de las fantasías precoces de sus compañeros del salón.
  1. La acomplejada: la que no se desarrolló tanto como esperaba y desde joven se creó el trauma de ser muy “plana” y, por lo tanto, poco atractiva. Apenas tuvo un trabajo que se lo permitiera agendó la cita con el cirujano de moda para de una vez por todas sentirse mujer y rellenar los vestidos como le han dicho que tienen que verse. Ahora es feliz y todo es gracias a la silicona, pero no tiene carro y va al trabajo en metro donde todos los días un nuevo viejo verde le mira el escote durante 8 estaciones.
  1. La tardía: la mujer que desde jóven quería operarse pero es de las que deja todo para último momento. Ahora que tiene 40 años, dos hijos y múltiples estrías, piensa gastarse el dinero de la ortodoncia de Carlitos en un nuevo “par” y así sentirse jóven de nuevo, como venganza contra su ex esposo quien la cambió por un modelo más nuevo y con mejor delantera.

Pueden haber otros tipos de mujeres siliconeadas merodeando por ahí, aún sin identificar pero sí reconocibles por su pobre demostración de “autoestima” que exponen con orgullo tras sus camisas con demasiados botones sin abrochar.

Karina.

¿Feliz Día de la Mujer?

Ya he perdido la cuenta de la cantidad de veces que me han felicitado con un “Feliz Día de la Mujer” personas que la mayoría del tiempo hacen menos que nada por las mujeres y se encargan de perpetuar los estereotipos que aún nos afectan. ¿Realmente necesitamos un día para recordarle al mundo que sería de él sin nosotras? Tristemente pareciera ser que sí. Y aunque a primera vista muchos puedan decir que hay mucho que celebrar, como el derecho al voto, leyes igualitarias para las crecientes carreras profesionales de las mujeres y el acceso a la educación, aún en el siglo XXI hay un largo camino que recorrer.

Sin embargo hoy es un día en el que se celebran muchos eventos y campañas que tratan de tapar con sus brindis y hors d’oeuvres  el hecho de que son muchos más los casos de violencia y discriminación de género y que de nada sirven sus discursos políticamente correctos cuando las estadísticas de violación dicen que 1 en 6 mujeres corre el riesgo de ser atacada sexualmente o que 1 en 3 niñas han sido tocadas inapropiadamente en sus escuelas.

¿Se nos olvida cuántas mujeres tuvieron que fallecer para llegar a conmemorar este día? ¿O nos conformamos con unas rosas y una cena? Yo particularmente en un día como hoy quiero menos chocolates y más respeto, menos flores y más consideración. De nada sirve un mensaje en whatsapp de feliz día de la mujer de alguien que te trata sexistamente el resto del año. De nada sirven los millones de tweets de #díainternacionaldelamujer si hoy en día en 20 países la violencia doméstica no es considerada un crimen.

¿Sirve de algo regalarle una tarjeta a una mujer que ayer fue golpeada por su esposo? ¿O felicitar a tu compañera que todos los días es tratada distinto en el trabajo sólo por ser mujer? ¿Cómo se puede ser tan indiferente a los problemas que aquejan a las mujeres cada año y creer que un mensaje de texto que envíes hoy cambia el resto de las cosas?

El Día de la Mujer será aquel en que dejemos atrás los estereotipos anacrónicos, las mujeres tengan plena  libertad en la toma de sus decisiones y exista un verdadero cambio de pensamiento. Mientras tanto nos toca vivir con la realidad de que las mujeres no estaremos igualitariamente representadas en los parlamentos hasta el año 2060, no habrá igual cantidad de presidentes de ambos sexos hasta el 2118 o que apenas el 22% de los artículos en periódicos son escritos por mujeres aún cuando representamos el 50% de la población.

¿Se supone que un día como hoy debemos de estar felices de las migajas que nos “han dado” o enfocarnos en qué debemos hacer para conseguir el resto? Porque en definitiva no se trata de que las mujeres cambien el mundo, se trata de que el mundo cambie a través de la igualdad para las mujeres.

Karina